viernes, 14 de febrero de 2014

¿QUÉ BUSCAS, POETA, EN EL OCASO?


En un vagón solitario, que es armadura de gris sin caballero que la llene, sobre una de las muchas vías férreas en desuso, cuyo discurrir alejado simula los restos de una larga cola de serpiente, henchida de rieles, se refugian cuatro viajeros temblorosos. Uno de ellos es Antonio Machado Ruiz, professeur -como certeramente se inscribió en el hotel de Colliure-, que huye de la barbarie sublevada, de la intolerancia y de la sangre. Lo acompaña su madre, contrapunto del más tierno Anquises, sin más protección que el sueño de la libertad. En este vagón descubierto a la intemperie y al recuerdo pasan los Machado toda una noche. Les llegan los sonidos de los grillos y de los haces de paja susurrar sobre la tierra dolida. Han huido al tiempo que otro de los hermanos le dedica versos al dictador. 

Machado escribió lúcido y sutil en su don Juan de Mairena: “Quien no habla a un hombre no habla al hombre. Quien no habla al hombre no habla a nadie”. Tal vez encontró aliento y esperanza en esta frase, como lo encontramos nosotros ahora, la noche en que un vagón lo cobijara amparándolo de la tiniebla. Desconocemos si acaso fue la tiniebla esa España rota de manos de la insania, el eco de los fusilamientos y el dolor; esa España dividida entre hermanos. El desconocimiento se esclarece. Aquella España en resquebraje fue su tiniebla. ¿Qué buscabas, poeta, en el ocaso? ¿Qué habría de consolarte?

¡Machado vive en la arriesgada aventura del ser, en los campos de oro que nos colman y en la mar con sus borboteos! Sin él nuestra vida hubiera sido distinta.

Alcanzaron el pequeño pueblo marinero de Colliure al poco tiempo. El tren lo dejaron prendido de la memoria. André Derain y Henri Matisse habían quedado fascinados con el fulgor irisado de las aguas y el encendido tornasol de las fachadas de ese pueblecito francés. El poeta tuvo tiempo de prolongar la andadura del exilio sobre la playa. Paseó a la orilla del azul, en Colliure, fantaseando quizá con que podía instalarse en una de las pequeñas casetas de pescadores y vivir, escribir y vivir, no más: «estos días azules y este sol de la infancia», tal vez llegaran a calmar sus achaques y sus penas, sus dudas que eran muchas: la suerte de las hijas de su hermano José, el recuerdo imborrable de Leonor Izquierdo, de Guiomar, la pobreza, la espera…

Se ha registrado en el hotel Bougnol Quintana derrotado. El hijo de la mar no tiene ganas siquiera para tratar al hombre que se le acerca preguntando si es en verdad el afamado poeta español. Contesta con un lacónico: “Sí, soy yo”. Derruido, se entrega a lo que el exilio tenga a bien depararle: el sueño, el silencio, la muerte o la imagen.

Su hermano Manuel, junto a quien había escrito bellas obra de teatro, recibe la noticia y parte a Francia. Allí sabrá de la desaparición de su madre también. Uno imagina el estado en que debiera de encontrarse al conocer la suerte de su hermano, la de su madre tres días más tarde. ¿Qué pensaría aquella pobre mujer al ver marchar a su hijo Antonio, al gran hombre y al gran poeta? ¿Dónde quedaba ya la esperanza muerta? La historia nos muestra una vez más la flaca endeblez de las ideologías frente al amor. Manuel persistió no obstante. Selló con su conformismo un pacto de fidelidad con el caudillo/verdugo, heredero de la peor España, la de charanga y pandereta, la que ora y bosteza, la de la rabia y la de las tachuelas de militar. 

Leer a Machado, como leer a Juan Ramón, o a Lorca, es como tener en un puño a un gorrión inquieto. La diferencia: en Machado el gorrión desprende más calor -se trata de un fogaje nostálgico-; en Juan Ramón éste tiembla y nos estremece; en Lorca el gorrión no puede estar más vivo. El granadino, que ahormó un castellano propio, un mundo nuevo, no es sino la cúspide de ingenio y duende de esta tríada poética.
No obstante, Machado reverbera, y su palabra ensarta la memoria, resultando una lluvia de intuiciones que creíamos extraviadas. Nos despeñamos a su encuentro.

Enfatizar o prolongar la relevancia de lo sucedido, eternizar lo momentáneo; eso consigue y así lo sentimos.

Machado, en la leyenda o en la vida, nos sigue hablando; prosigue su homenaje a Unamuno, jinete de arnés grotesco, y reemprende la denuncia del crimen que dejara plomo en las entrañas de Federico; perpetra al loco con su sombra y su quimera; celebra los campos borrachos y la mar. Machado perdura. El próximo día 22 de febrero se cumplen 75 años de su muerte. Sin él nuestra vida hubiera sido distinta. Machado nos consuela. ¿Qué buscas ya ahora, poeta, en el ocaso? Una colmena tenías dentro del corazón, y bajo un cielo de añil, recibiste la flecha que te asignó Cupido. Estando a partir la nave, marchaste desnudo, como buen hijo de la mar. Mas, ¿qué buscas ya ahora, poeta, en el ocaso? 

 XCIX

—¿Mas el arte?...
                  —Es puro juego,
que es igual a pura vida,
que es igual a puro fuego.
Veréis el ascua encendida.

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