miércoles, 19 de febrero de 2014

                        UN ULISES MALTRECHO 











                      Así las generaciones de hombres como las hojas -que diría Homero-, así el viaje como un nuevo mundo. 
La búsqueda de la dignidad, la concesión cobarde a la inercia y el estatismo (recordemos a ese tío y a esos primos anclados al televisor), la fe en la salvación, los errores pasados, el rastro implacable de los recuerdos (no tan presente como en esa visita a la casa de la niñez, derruida), la crudeza de la comedia, la ternura del rostro de una antigua amiga y su diario, la nostalgia que evocan los campos vacíos, la codicia y los falsos lazos de la sangre y, en definitiva, el amor de un hijo, la Norteamérica más profunda, un pequeño mapa de la vejez y del corazón persistente de un hombre que alberga un sueño.

La última película de Alexander Payne, ese director, que no maestro, pulcro y personal, es ultrarealista y profundamente humana. No se trata de una obra maestra, pero sí de una elegante muestra acerca del poder de los pactos de fidelidad y de la reconquista personal. 

Nebraska nos cuanta la historia de un anciano que proyecta en la ilusión todo cuanto le queda, que concibe la realidad en base a la pauta de un espejismo. Una historia sencilla, honda y entrañable en torno a la odisea moderna de un Ulises maltrecho.


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