domingo, 1 de marzo de 2015


ELOGIO A LA INDIFERENCIA 

Meursault comete un crimen. 
Camina hacia una fuente, un fino hilo de agua fresca que promete aliviarlo del calor de un día de ceniza cuando, paso a paso, descubre el brillo de un cuchillo y arremete con cuatro disparos. Mata a causa del sol, de la frenética busca del agua, ese infinito discurrir, símbolo en la obra camusiana de libertad, de desenfrenado consuelo.
La peligrosidad del juego al juego, de la máscara en defensa, la incapacidad del engaño, la transgresión de las normas que impone una sociedad cuando se vuelve tiránica, el fuerte sueño de la razón que impide la reflexión… El extranjero: un alegato contra el despropósito de los parámetros sociales.

Cuando el valor de un ser es arrasado éste queda agotado en el vacío y siente profunda su certeza de muerte. La naturaleza de sus actos pierde individualidad, genuina predisposición, dinamismo. Lo que entonces ha de perseguir el hombre y el personaje es la conquista de sus cualidades irracionales, la búsqueda de una verdad que pueda regir su vida. Hablamos de "obrar con esperanza", pero esta esperanza a Meursault se le ha adormecido en el pecho. Por olvidar ha olvidado hasta la imagen de sí. Los cambios de suerte nos alejan y aproximan, como piedras al amparo de las olas. Meursault no recupera el ánimo ni en aquellos mismos instantes maravillosos en que dos perfectos extraños se muestran cómplices. Meursault es un derribado. Sí, tal vez ello defina las grandes obras de la modernidad, que los personajes, derribados, ya no increpan furiosos al mundo. Llevan el peso de muchos siglos, los finos manotazos de tantas decepciones...

Es en el paralelismo sutil entre la técnica y la crítica donde reside la genialidad de Camus: la dicción fría que busca la descripción del ambiente desolado -reflejo de una sociedad corrupta, que narcotiza al individuo- se opone a los pasajes de suave lirismo en que aflora la conciencia reprimida de Meursault, ya en la cárcel: “Lo difícil es que había que contener ese impulso de la sangre y del cuerpo que encendía mis ojos de una insensata alegría. Era ahora necesario esforzarse en dominar ese grito, en razonarlo. (…) me abría por vez primera a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía”. 

Meursault despierta a la vida en la cárcel, cuando ya se encuentra tan próximo a la muerte.
En la literatura francesa encontramos con frecuencia personajes extenuados: en Camus, de inacción, por una sociedad que los condena; en Duras, extenuados de deseo; en Proust, de recuerdos -el peso de la vida les aplaca, como un yugo-; en Modiano, extenuados de desmemoria, olvido, por la acechanza de un camino que desconocen y quieren volver a recorrer.

El Extranjero: una historia atroz, pesimista, mas con un fuerte empaque vital en su colofón; una obra que invita a la vida. Las últimas palabras de Meursault son de agradecimiento a la tierra y al mundo, incorruptos de la veleidad del hombre. 
Los días se le deslizan en la celda uno a uno. Ya no puede acudir al mar, al agua, como garantes de libertad. Pobre víctima, de no haberle tocado ser asesinado hubiera vivido Meursault al fin. Ahora el sol que no perdona orquesta su agonía. Nos resta una pregunta: ¿quedan aún extranjeros en el mundo?
-A centenares -asegura cabizbaja una voz que acude y responde severa al nombre de Albert, como en un socorro-.



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