viernes, 15 de enero de 2016


LA CHICA DANESA. PARECE QUE STONEWALL FUE AYER.


Sigue habiendo multitud de tabúes en la sociedad reciente, y parece que, como muchos ya auspiciaron, no será el maquillado progreso social, incluso tecnológico, padrino insigne del desarrollo armamentístico, el que contribuya a erradicarlos. A día del 15 de enero de 2016, casi 47 años después de los Disturbios de Stonewall, ocurridos en el neoyorquino barrio de Greenwich Village y que dieron el pistoletazo de salida a la lucha por la aceptación y la inclusión de las preferencias y aptitudes sexuales, afectivas y de género, hemos conocido que La chica danesa, la esperada nueva película de Tom Hooper, ha sido censurada en multitud de países de Oriente Medio por hacer, y transcribo el dislate, “apología de la depravación”. 
Emiratos Árabes, Omán, Kuwait, Barein, Jordania y Qatar son algunos de los territorios cegados por la transfobia y la censura. Desde los atentados de París a los últimos conflictos armados, el mundo parece seguir los dictámenes más necios del fundamentalismo de corral con el mismo rigor con que lo hacía en sus comienzos. 
En todo caso, cabe considerar que si sustituyeran las abluciones religiosas por las copulativas o el ánimo de las fobias sociales por la educación, la educación laica que anhelaba Montaigne, tal vez, y tal vez solo, ganasen el derecho político a bien llamarse países de este siglo. La modernidad ha debido decepcionar sumamente a los grandes filósofos. De volver a la vida, pedirían la soga.
Tampoco olvidemos que el pasado mes de diciembre un adolescente transexual de la provincia de Barcelona llamado Alan se quitaba la vida a consecuencia del acoso escolar, grave síntoma de una enfermedad de rechazo que no abandona a la sociedad española. La asociación Chrisallys, colectivo que asesora a muchas de las familias, añadió en su comunicado en la web: "No hay palabras para acompañar este dolor ni para expresar la indignación, frustración y vergüenza ante unas administraciones que nunca llegan a tiempo, que van siempre por detrás de las necesidades de la infancia y adolescencia".

La chica danesa cuenta la historia de la primera mujer transexual, Lili Elbe, sometida a la primera operación de cambio de sexo e interpretada aquí por Eddie Redmayne. Lili Elbe se hacía llamar antes de su decisión Einar Wegener, y como su mujer, Gerda Wegener, se dedicaba a la pintura. 


Alicia Vikander demuestra en La chica danesa en su ceñido rol de esposa la convicción interpretativa que ya probó en la cinta sueca Un asunto real; y se antoja heredera del mismo brillo que lucía la mirada de su compatriota, Ingrid Bergman. Tom Hopper, fiel a una estética preciosista, pastel y luminosa, emplea de nuevo el gran angular como recurso decidido a liberar la atmósfera y conceder a los personajes un espacio que es irremediablemente teatral por la riqueza del detalle. Lo de Eddie Redmayne es ya otra cosa; se llama cinegenia. 
No obstante, el problema de la cinta, tal vez una de las películas del año que más merezca la pena ver, es que, lejos de una obra de arte, es un producto, y ese producto parece rastrear con olfato animal el camino del Oscar, símbolo indiscutido de una industria conservadora que imagino tendrá bien decepcionados a muchos de los grandes directores y trabajadores que se han ido, desde Billy Wilder a Anthony Minghella. La lista de nominaciones anunciada ayer parece, entre algunas excepciones, privilegiar los trabajos de masas, de narración pedestre, frente a los films que tienen algo que contar. Que una película tan vergonzosamente normativa como Marte esté incluida, pese al buen trabajo de Damon, y que un director como Todd Heynes haya sido excluido no es sino un acto de deshonestidad intelectual, como si la banalidad, las concesiones al público americano, fueran ya la ley primera de la mal llamada Meca del cine. 
Muchos, entre los cuales me incluyo, dirán que a La chica danesa le falta atrevimiento, transgresión, complejidad, y que le sobra artificio.
Tom Hopper declaraba lo siguiente en la Mostra de Venecia: "Es una película sobre la inclusión, hecha posible por el amor. Del mismo modo que la crisis de los refugiados en Europa tiene que apelar a nuestros corazones, la persecución a la comunidad transgénero a lo largo de décadas también tendría que hacerlo".


Lejos de esto, la película concede numerosos regalos, y uno de ellos son los planos cortos de Vikander y Redmayne, de verdadero prestigio, o la dirección de fotografía y hasta la doliente fragilidad de Eddie, un rostro que parece salido de un lienzo de Modigliani. La chica danesa es un trabajo hermoso, bien hecho, y si tan solo fuera por demostrarle a Oriente Medio su falta de humanidad, habría que acudir al cine a verla. 

El estudio de la identidad en la gran pantalla ha dado grandes películas. Puede sean La piel que habito, de Pedro Almodóvar, Phoenix, de Christian Petzold, y Laurence Anyways de Xavier Dolan los mejores trabajos de la última década. Pero La chica danesa también habla con fuerza del surgimiento y proclamación de una identidad natural, del peso innegable de la verdad y del sostén de titanio del amor frente a la imposibilidad del reconocimiento, el coraje de quienes, no conformándose, apuestan por la búsqueda de sí mismos. La propia Lili Elbe, antes de morir a consecuencia de una de las intervenciones de su proceso de transexualización, dejó escrito, allá por 1931: "Soy Lili, vital, y he probado que he tenido el derecho a vivir durante 14 meses. Puede que 14 meses no sea mucho tiempo, pero a mí me han parecido una vida entera y feliz".


No hay comentarios:

Publicar un comentario